martes, 3 de noviembre de 2009

La Gran Estafa x Silvina Walger

Tengo muy claro que la ley de medios K es materia más que opinable. Es una estafa. Pero a los que aquí llamamos “progres” (y yo denominaría “retros”) les parece que es el epítome de la justicia social.
Tengo muy claro que la ley de medios K es materia más que opinable. Es una estafa. Pero a los que aquí llamamos “progres” (y yo denominaría “retros”) les parece que es el epítome de la justicia social. Esto pareciera que les da derecho a mirar por encima del hombro a los que no están o estuvieron de acuerdo. Francamente estoy desconcertada.
Aclaro que no me gustan los monopolios (padezco Fibertel), pero leo Clarín. Tampoco pertenezco a la Sociedad Rural, pero suelo ir al campo y departir con su gente. Económicamente he sido declarada insolvente. Difícilmente pueda lucir un bolso Vuitton CFK (el modelo que esa casa ha confeccionado para argentinas ricas). También tengo mis dudas sobre el apego a la libertad de expresión de muchas voces de la oposición.
Confieso que leí el proyecto sin ánimo de estudiarlo o debatirlo, simplemente para informarme. Cuando terminé con el mamotreto (demasiado sesudo para tener su origen en la Rosada), no pude menos que evocar mi infancia: “Falta el acto vivo”, me dije. Recordando la generosidad del general Perón que para disimular la desocupación obligaba a que los cines y teatros tuvieran un intermezzo folclórico con algún desafinado que machacaba los oídos.
Pero aunque tuviera un solo punto aceptable, el hecho de que quien la patrocine como una apuesta personal sea el Ejecutivo bifronte que nos manipula desde hace seis años la desacredita, por lo menos ante mis ojos. La publicidad, los contenidos y los amigos quedan en sus manos conformando un nuevo capitalismo de amiguetes. En Santa Cruz (como en el 90% de las provincias) pasó lo mismo, el señor K les hizo marcar el paso a los medios a través de la pauta oficial.
Va a ser duro el aterrizaje para estos jóvenes tan monos y progres que votaron entusiastas el engendro. Un país empobrecido, carcomido por las deudas, con un desempleo casi tan alto como cuando Menem dejó la presidencia y un Estado que siempre fue un botín de guerra. El que gana se lo queda y lo direcciona según su conveniencia. De esta especie de Haití con más chapa y pintura, nadie quiere que la pareja reinante se vaya, mucho menos destituirla, porque ¿quién se hará cargo de lidiar con el default que se avecina y al que los entendidos pronostican igual o peor que el de 2001?
Como bien dijo la diputada Graciela Camaño, Chávez hizo lo mismo pero esperó a que terminaran los contratos. Aquí hubo una maniobra del tipo de las que asombran a Pepe Mujica, del tipo histérico.
A Telefónica le hicieron oler el dulce del triple play (darles el servicio de cable, teléfono e internet) y después le dieron un cachetazo. Según los damnificados, “la ley es discriminatoria para nosotros. Por un lado nos deja fuera del juego del triple play y por otro nos obliga a prestar nuestra estructura a las empresas argentinas beneficiadas. Los hombres de Telefónica lamentan el atraso en el que quedaremos”. “Ambas compañías (Telefónica y Telecom) son las únicas que disponemos de medios para abordar obras que permitan un servicio de 40 megas porque ahora en Argentina un usuario común dispone de tres megas. Solamente la Casa Rosada tiene uno de 10”.
Aquí de mejoramiento de la democracia, nada. La libertad de expresión no significa que cada cual diga lo que quiera, sino garantizar que todo lo que haya que decir sea dicho y que los ciudadanos cuenten con la información necesaria para poder evaluar a los gobiernos. Imposible que eso ocurra con una autoridad de aplicación sometida al Ejecutivo y que por si fuera poco no da conferencias de prensa. Un ejemplo valioso es el de Obama y su reforma de la salud. El “imperio” (diría Chávez) tiene muchos defectos, pero ni aun con Bush perdió la libertad de prensa. Un presidente democrático como Barack Obama nunca atacó a los medios que lo han crucificado por su intento de reformar el sistema de salud, se limitó a defender sus posiciones frente a la opinión pública.
Sin embargo, el proyecto va acorde con la evolución de América Latina, donde la democracia liberal ha perdido todo valor.
Son varios los mandatarios que están utilizando su poder para limitar las críticas adversas. Correa en Ecuador tiene ya una ley para emprender procesos judiciales contra algunos medios. Hasta ahora el lema del actual presidente de la Unasur ha sido: “Apaguemos el televisor y tengamos la mente limpia. No es necesario leer periódicos”. Una frase que Hugo Moyano debe tener colgada en la cabecera de su cama. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua y violador de su hijastra, ha sido el más claro (Evo todavía no se destapó), acusó a los periodistas de servir a los “enemigos del pueblo”.
El escritor peruano Santiago Roncagliolo describiendo la actualidad política de la región explica cómo los últimos sucesos en Guatemala, Perú y Honduras han restado credibilidad a la democracia liberal y reforzado, en cambio, la popularidad de Chávez, cuyo proyecto político sería crear un sistema igualitario, aun a costa de las instituciones que garantizan las libertades individuales (afanos aparte). En cambio, el proyecto político liberal se ha concentrado en garantizar las libertades individuales –crucialmente la propiedad privada– incluso a costa de la igualdad social.
“Para masas de ciudadanos pobres, tengan razón o no, el proyecto de Chávez cristaliza una serie de aspiraciones concretas que las instituciones democráticas les niegan. Quienes creemos que la democracia liberal es el sistema de gobierno más eficaz, tenemos que incorporar esas masas en el proyecto de Estado que defendemos”.
Estas democracias dirigidas buscan acomodar la ley a sus intereses personales. A aquellos ingenuos que creen que basta con el apoyo del pueblo, vale la pena recordarles que no solamente con las urnas y las asambleas se construye una democracia. Para que ésta funcione es imprescindible la libertad de expresión, el derecho de la minoría a discrepar y la fortaleza de las instituciones del estado de derecho.
En la Argentina el populismo que caracteriza a todos estos nuevos regímenes de la región, adquiere por momentos los ingredientes de un bonapartismo (no fascismo que era algo más serio), es decir la alianza del caudillo con las clases más bajas.
Europa también tiene lo suyo, el sociólogo español José Vidal Beneyto distingue lo que denomina el “sarkoberlusconismo”. En Italia, donde el periodismo esta viviendo uno de sus peores momentos, el imperio mediático berlusconiano tiene desde la agencia de publicidad Publitalia, desde allí construye una trama irresistible apoyada en tres grandes televisiones generalistas –Canale 5, Italia Uno y Retecuatro– que instalan una presencia omnitelevisiva para vencer y vender.
Sarkozy, que en su estructura ideológica y en sus opiniones políticas básicas coincide con Berlusconi (y esto lo dice Alain Badiou), tiene una red mediática compuesta por amigos ubicados al frente de las principales cadenas de televisión, revistas y diarios.
Preocupado por la posible pérdida de nuestra libertad de expresión, llegó al país el ex primer ministro español, José María Aznar, que estuvo acompañado por la gente del PRO. Sin embargo, él es la mano derecha del primer tycoon mundial de la información, Robert Murdoch. El ultraconservador Murdoch, tanto que se define como libertario (rango supremo de la derecha contemporánea), decidió crear una cadena que compitiera con CNN desde la derecha: Fox News. La cadena es un delirio ultramontano, graciosísimo, una fábrica de teorías conspirativas. Ofrece una información deleznable y difamatoria, aunque no especialmente peligrosa para el público: quien cree lo que dice Fox News no estaría nunca dispuesto a creer la verdad que, desde luego, suena mucho más aburrida. Como entretenimiento, Fox News es de primera.
Lo que me pregunto es si la ley de medios K me permitirá seguir mirando al amigo Murdoch, porque, claro está, al ser del “imperio” está hablada en inglés. ¿Y en vez de eso qué? Tal vez, el patético prime time del canal “público” donde seis obsecuentes difaman a cualquiera que no guste del matrimonio de marras.

Fuente: Crítica de la Argentina

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